Una manera inicial de orientamos en el mundo de la solidaridad es siguiendo algunas distinciones que hacen las personas con quienes conversamos. Lo primero que revelan es que no hay una, sino varias solidaridades.

Una primera distinción se establece entre solidaridad de vida, solidaridad económica y solidaridad política. Un miembro de una organización poblacional nos habla de la primera, la solidaridad de vida: hay una solidaridad de vida, por ejemplo entre la gente sencilla, ellos viven la solidaridad; su cultura tiene rasgos solidarios. Son rasgos solidarios muy sencillos, como compartir una taza de azúcar. Otro ejemplo de solidaridad de vida es cuando alguien te dice: yo te pago la micro. La solidaridad económica, en términos de un funcionario de; una Organización no Gubernamental (ONG), es la solidaridad que la gente tiene con los sectores necesitados. Es un tipo de solidaridad que de alguna forma redunda en una transferencia financiera a través principalmente de campañas. Agrega que la solidaridad política es el apoyo a una causa política, como por ejemplo el antirracismo en Sudáfrica.

Comparando con otros países, este mismo funcionario percibe que en Chile hay como dos culturas -si podemos hablar de cultura de solidaridad-, una que es dentro del sector popular y otra que a mí me llama la atención, y que es la gran cantidad de campañas de recaudación de fondos que hay en Chile. Son símbolos pequeños que muestran que hay una cierta cultura de aportar.

Esta cierta cultura de aportar aparece, sin embargo, desde otra perspectiva, como una solidaridad meramente puntual, circunstancial, opuesta a una solidaridad más permanente, como norma de vida. Una joven opina: la solidaridad material existe, pero a veces se necesita solidaridad en compromiso, ayuda moral, en hacer cosas. Hay una solidaridad puntual, coyuntura frente a cuestiones concretas, pero no es una norma de vida. Por ejemplo, hay un asalto en la calle y nadie ayuda. Se trata de cosas muy diarias: nadie da el asiento en las micros a las mujeres embarazadas. Son atenciones, cortesía, pero también son solidaridad. Se da más la solidaridad en situaciones catastróficas.

Existe una visión compartida en destacar una solidaridad que podría llamarse de catástrofes. Desde las más graves: terremotos, inundaciones, incendios, hasta enfermedades, accidentes y situaciones de emergencia. Escuchamos decir a una profesional: en momentos de mucha privación hay gente que es capaz de dar sangre, que es capaz de juntarse aunque uno piense blanco y el otro negro, para enfrentar una situación así, que es de vida, una situación límite. Por eso creo en esta solidaridad de catástrofe, donde se caen las barreras, fundamentalmente las ideológicas, y uno descubre que la solidaridad puede ser claramente una cuestión que te asegure la vida. Otras voces concuerdan: este es un país de problemas, pero salimos adelante porque en cualquier momento que hay una desgracia estamos bien unidos. Siempre que hay una desgracia grande, como una inundación, un incendio o cosas y la ayuda llega al tiro.

Desde una perspectiva más exigente, mucha de esta solidaridad de catástrofe aparece como una reacción emotiva, una respuesta “inmediatista masiva”. Una trabajadora social así lo expresa: solidaridad se asocia a respuestas muy inmediatas; me parecen respuestas que calificaría de inmediatistas masivas, pero que no calan hondo. Me gustaría saber qué pasa en las personas que respondieron muy rápidamente al llamado, qué pasa en relación a interesarse más por la vida de las personas a las que ayudaron. Hay mucha reacción emotiva, hay respuestas a una motivación y conducción liderada, no hay una experiencia más enraizada. Falta comprensión y falta vivencia.

Las distinciones se multiplican a medida que recogemos lo que la gente tiene que decir.